Durante mucho tiempo pensé que, si quería que Joyas de Flores creciera, tendría que entrar en la lógica de siempre: rebajas, campañas, urgencias, “últimas oportunidades”. Lo pensé, lo dudé… y al final decidí que no.
No porque sea mejor. No por llevar la contraria.
Sino porque no es coherente con la forma en la que trabajo ni con la forma en la que entiendo este proyecto.
Cada joya que creo empieza mucho antes de convertirse en un objeto. Empieza en una flor que recojo, que seco, que observo. En una prueba que no funciona. En un pétalo que se rompe. En una pieza que rehago tres veces hasta que por fin “es”.
Nada de eso se puede acelerar. Nada de eso se puede producir en serie. Nada de eso es intercambiable.
Cuando pongo un precio a una joya, no estoy poniendo solo un valor económico. Estoy poniendo un valor de tiempo, de atención, de proceso y de respeto por el material con el que trabajo — que es vivo, frágil y único.
Hacer rebajas significaría decir que ese valor era relativo. Que en realidad podía valer menos. Que depende del mes o de la campaña. Y eso no es verdad para mí.
Mis joyas no valen menos en enero que en mayo.
No pierden sentido porque pase la temporada.
No caducan porque cambie la tendencia.
Por eso he decidido no hacer rebajas.
Prefiero crear menos piezas y cuidarlas más.
Prefiero vender menos y sentir que soy fiel a lo que hago.
Prefiero que quien llegue lo haga porque conecta con la historia, no porque haya una prisa artificial.
Sé que esta decisión puede hacer que el proyecto crezca más despacio. Y está bien. Joyas de Flores no nació para correr, sino para enraizar.
En un mundo que nos empuja a producir más, a ir más rápido y a abaratarlo todo, yo elijo trabajar más lento, hacer menos y cuidar más.
Y eso, para mí, hoy, es la verdadera riqueza.